Vuelo supremo

El Financiero #774/ 28 de junio – 4 de julio 2010

“Quiero vivir la vida aventurera de los errantes pájaros marinos; no tener, para ir a otra rivera, la prosaica visión de los caminos”. Esta estrofa de Vuelo Supremo , bellísimo poema de Julián Marchena, resalta muy bien la admiración que nos despierta a los humanos el vuelo de las aves.

No podemos ser indiferentes a esa elegancia y facilidad con la que muchas de ellas se desplazan por el aire, haciendo como en un juego con el viento, los movimientos y maniobras más complejas, sin mayor esfuerzo.

Al hacerlo transmiten una sensación de libertad envidiable, por no tener que seguir rumbos establecidos, por poder ir adonde quieran.

Si el escenario
donde observamos el vuelo de una gaviota es una bella playa guanacasteca frente al mar, o el de un gavilán en un verde valle como Ujarrás, con un cielo azul abierto de fondo, no es de sorprenderse que poetas y músicos se inspiren en ellos.

Sin embargo, el tema del vuelo de las aves va más allá de consideraciones artísticas o estéticas. Son las máquinas voladoras más sofisticadas que existen o que conocemos, que motivaron a los humanos a querer también volar. De ahí nació la aviación, una actividad sin la cual es difícil de imaginar el mundo moderno.

Estos dos aspectos se destacan en los resultados de un estudio realizado por la empresa Airbus, el Airbus Bio-Index, una encuesta de más de 10.000 niños y jóvenes entre cinco y 18 años de diez países de todo el mundo, que exploró las percepciones que ellos tienen de la naturaleza.

Más del 70 % de los jóvenes participantes sabían que la industria de la aviación se inspiró en las aves, expresando además que si pudieran copiar ellos mismas una habilidad de la naturaleza, el 66 % escogería el volar como un pájaro.

El vuelo de las aves es un ejemplo más de cómo el estudio y la imitación de las mejores ideas de la naturaleza pueden ayudarnos a resolver problemas humanos, a la vez que ser motivo de inspiración de obras artísticas que nutren nuestros espíritus.

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