Cruda realidad: cambio climático

El Financiero. Del 23 al 29 setiembre 2013

Afrontamos una cruda realidad que no podemos ignorar tal y como lo han señalado instituciones especializadas: “pese a que Centroamérica es responsable tan solo del 0,5% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, es la zona más vulnerable al cambio climático entre las regiones tropicales de todo el planeta”.

Ha hecho muy bien la Academia de Centroamérica al poner el problema en discusión, convocando a un seminario en agosto pasado para analizar el tema de la adaptación al cambio climático, visto como uno de los más serios retos para el desarrollo de Costa Rica.

Tenemos que entender que debemos adaptarnos, pero también que la tarea hemos de hacerla nosotros y cubrir sus costos. Dado que diferentes entidades públicas y privadas vienen trabajando activamente en el tema, era muy conveniente conocer lo hecho hasta ahora con una perspectiva interdisciplinaria e integral. Esto es imprescindible para poder construir una visión compartida, que nos oriente en la ruta a seguir.

Por ello fue un acierto de la Academia de Centroamérica convocar a un grupo interdisciplinario de especialistas y autoridades para presentar el estado del conocimiento sobre los efectos físicos del cambio climático en nuestro territorio y su impacto en las diferentes actividades; cómo están respondiendo los sectores productivos y financieros; las políticas públicas que están emergiendo y cómo construir una visión estratégica para formular una política nacional ante el cambio.

Debemos ver esta actividad como el inicio de un proceso de construcción de una política y una estrategia nacionales y tener muy claro que el asunto no es solo de los ambientalistas y del Ministerio de Ambiente; es de todos los sectores y organizaciones del país. La adaptación empieza con el individuo mismo, que tiene la obligación de ser conciente de lo que ya nos está pasando, y de actuar.

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Agua y Suelo

El Financiero. Del 26 agosto al 1 setiembre 2013

Veamos qué importante es la relación entre el agua y el suelo. Los científicos han estimado que la precipitación anual sobre la superficie terrestre es de unos 119.000 km³, suficiente como para cubrir el suelo con una capa de agua de un metro de profundidad. Esto es un promedio, pues hay regiones que reciben poca o ninguna precipitación mientras otras, como las tropicales, reciben mucho más.

Pero el agua no se acumula en el suelo por razones sencillas, explicadas por el ciclo hidrológico: en condiciones normales, el agua se infiltra en el suelo gracias a su porosidad. Una parte es absorbida por las raíces de las plantas y otra se mueve hacia acuíferos subterráneos y corrientes superficiales, como los ríos.

Son las plantas que crecen sobre el suelo y la materia orgánica que lo cubre las que promueven la infiltración y evitan que el agua corra sobre la superficie, o que lo haga rápidamente provocando erosión e inundaciones. La capacidad de infiltración del suelo está relacionada con su contenido de materia orgánica.

La vegetación es crucial para el ciclo del agua en el suelo, ya que las plantas absorben mucha agua por sus raíces y, gracias a la transpiración de las hojas, la ponen de nuevo en la atmósfera.

La eliminación de la cobertura boscosa rompe este eslabón del ciclo, lo que conlleva un aumento enorme de escorrentía, con la consiguiente pérdida de suelo y de sus nutrientes, además de los desastres causados por las inundaciones. Un ejemplo del costo que tiene la pérdida del servicio de protección del suelo proviene de una región en el oeste de Australia, en la que dicho costo se calculó en $500 millones anuales, medidos como pérdida de producción agrícola.

¿Cuál será el costo de esa práctica en Costa Rica? Debe ser enorme, y lamentablemente será mayor si no cambiamos las cosas, puesto que a estos problema se agrega el rápido avance del cambio climático y el calentamiento global, cuyo efecto en la precipitación es ya notorio.

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Vida en el suelo

El Financiero. Del 29 de julio al 4 de agosto 2013

Si tomáramos una pizca de suelo con una cucharita de té y la ampliáramos miles de veces como en una película de ciencia ficción, veríamos que esa pequeña muestra es otro mundo, que contiene millones de los más diversos microorganismos, como bacterias, hongos, algas y protozoarios.

Además en el suelo existen otros organismos más grandes y visibles, como plantas, gusanos, insectos, arañas, ácaros y vertebrados pequeños que hacen túneles subterráneos. En realidad, todos los grandes grupos de organismos conocidos por la ciencia que viven arriba del nivel del suelo, están también representados debajo.

El suelo es así uno de los ecosistemas terrestres que contiene mayor diversidad de vida, aún más que muchos bosques, solo que no la vemos. Los científicos estiman que se han identificado cerca de 170.000 especies de organismos en el suelo, pero posiblemente hay miles más que no han sido descritas.

Si pensamos en números absolutos de individuos, estos alcanzan magnitudes asombrosas. Por ejemplo, solo de bacterias se han encontrado desde 1 millón hasta 650 millones en un gramo de suelo, o cerca de 10 millones de nematodos en un metro cúbico.

Una pregunta lógica es ¿que hacen tantos organismos ahí o cómo pueden convivir especies tan diferentes en números de individuos tan grandes?

Sobre esto sabemos poco, en gran medida porque es muy difícil estudiar sus actividades en condiciones naturales. Lo que sí sabemos es que, en su conjunto, todos estos organismos proveen servicios fundamentales al mantener la fertilidad del suelo, descomponiendo y reciclando la materia orgánica, evitando su erosión, degradando materiales tóxicos, limpiando y purificando el agua y hasta afectando la composición de gases en la atmósfera.

Pero, además, debemos entender que, sin ese suelo, no existiría vida en la Tierra, tal y como la conocemos.

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Hablemos del suelo

El Financiero, Columna Scientia. #926 Del 1 al 7 julio 2013

Como hemos comentado en otras ocasiones, las sociedades modernas han ido perdiendo el contacto y la apreciación del mundo natural que nos rodea. Esto es muy serio, porque hay cosas fundamentales para nuestra existencia, que por ignorancia o desconocimiento, estamos afectando seriamente. Este es el caso del suelo.

Un interesante documental (http://vimeo.com/53953263), del cual tomo el título, llama la atención sobre el tema del suelo, algo que no vemos aunque lo pisamos todos los días y necesitamos como el oxígeno. Sin suelo no podríamos tener alimentos y otras cosas esenciales para nuestra existencia asociadas a él, creando condiciones que permiten la vida en el planeta. El caso contrario, sitios donde no hay suelo y no hay vida, lo podemos apreciar en las fotografías que muestran la superficie rocosa y agreste de la Luna o de Marte.

Es importante saber que se requieren cerca de 2.000 años para que se formen 10 cm de suelo a partir de las rocas que se degradan por acción del agua, la temperatura, los microorganismos y otros agentes físicos y biológicos. Sabiamente, la naturaleza protege el suelo con vegetación, que impide que la lluvia o el viento lo erosionen. Pero una práctica agrícola común es dejar el suelo expuesto, provocando su erosión.

Se estima que cada año se pierden en el mundo 3,4 toneladas de suelo por habitante, con un valor estimado de 420.000 millones de euros. A esto se agrega la pérdida del suelo que cubrimos de asfalto y concreto por la expansión urbana, que en nuestro país ha implicado la eliminación de los mejores suelos agrícolas del Valle Central.

En 1937, Franklin D. Roosevelt dijo: “La nación que destruye sus suelos se destruye a sí misma”. No podemos argumentar que desconocemos el problema; aún estamos a tiempo de ordenar el uso de nuestro territorio y cuidar su suelo.

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Sembrando un árbol “raspaguacal” para honrar al rey

El Financiero, Columna Scientia. Del 3 a 9 junio 2013

Hace unos días, en una sencilla pero significativa ceremonia en celebración del ascenso al poder del nuevo rey de Holanda, la Embajadora de esta nación amiga sembró en el parque de La Sabana un árbol criollo conocido como “raspaguacal” (Curatella americana).

Es interesante y digna de emular esa costumbre holandesa de celebrar perpetuando en un árbol la memoria de un hecho importante. En este caso, esa celebración también contribuye simbólicamente a destacar el proyecto de rearborización con especies criollas de La Sabana. Pero, además, llama la atención sobre el valor de una especie autóctona de la flora costarricense, cuyo nombre probablemente nunca habían oído mencionar los citadinos que por miles visitan este espacio verde.

Hablemos del origen de ese curioso nombre “raspaguacal”. En épocas pasadas, en regiones de la vertiente del Pacífico como Guanacaste, cuando los utensilios de cocina eran principalmente de madera (no de plástico o metal como ahora), uno muy importante era el guacal. Este es un recipiente hecho del fruto de otro árbol de gran utilidad, el jícaro ( Crescentia cujete ). Sus frutos son grandes, redondos u ovalados y poseen una cáscara que cuando se seca es muy dura, por lo que se presta para hacer vasijas o recipientes para granos, comidas o líquidos.

Como tampoco existían esas “esponjas” con fibra que ahora se usan para limpiar utensilios de cocina, lo que se utilizaba eran precisamente las hojas del “raspaguacal”. Por eso era común encontrar cerca del lavadero o la cocina los manojos de hojas de este árbol. Y la razón es que sus hojas son muy pubescentes con un alto contenido de sílice, lo cual las hace duras y ásperas y por lo tanto aptas para los fines domésticos mencionados. Emulando a los holandeses, podemos perpetuar con especies autóctonas estos lindos rasgos de nuestra cultura tradicional, muy ligados a la naturaleza.

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¿Qué significa guachipelín?

El financiero. Columna Scientia. Del 6 al 12 mayo 2013

Hace unos días por curiosidad hice esta pregunta a una persona residente en Guachipelín, en Escazú, un cantón que en otras épocas era una bella muestra del paisaje, la cultura y el folklore costarricenses, transformado hoy en una de las áreas exclusivas de desarrollo urbanístico.

Me parece que es el nombre de un árbol, fue la respuesta. Un par de generaciones atrás alguien de esa localidad hubiera respondido la pregunta sin la menor duda. Sí, el guachipelín es un árbol, en otras épocas muy común en Escazú y en toda la campiña de la región central y el sector del Pacífico seco, de mucha importancia práctica en épocas precoloniales.

Es un árbol de tamaño intermedio que según los expertos puede alcanzar hasta 15 metros de altura; se sembraba usualmente en potreros y cafetales. Su tronco es negruzco, retorcido y con fisuras, por lo que no es de gran valor maderable, ya que no es posible obtener de él piezas largas, adecuadas para la mueblería, además de que se raja radialmente.

Su gran valor práctico radicaba en el hecho de que es una madera dura que no se pudre fácilmente, al poseer sustancias químicas que lo protegen del ataque de hongos y bacterias. Esta característica lo hacía de gran utilidad en la construcción de otras épocas, pues se empleaba para postes u horcones, piezas necesarias en la construcción de casas y corredores, al igual que en tranqueras, portones y cercas.

Según un notable botánico, Henry Pittier, el nombre guachipelín se deriva del vocablo indígena náhuatl cuachtlipilli, de cuachtli : cascabel, e ipilli : 20, o pilli : colgante. Es decir; árbol de cascabeles colgantes, porque las vainas que produce después de la floración (es pariente de los frijoles) son muy abundantes y con las semillas sueltas en su interior.

¿No sería interesante que historias como la del guachipelín volvieran a ser elementos de nuestra cultura e identidad nacionales?

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El objetivo del Instituto de Biodiversidad no es financiero

El Financiero, Columna Scientia. 06 abril 2013

¿Es dable pensar que una entidad cuyos objetivos son de carácter científico, educativo y cultural deba tener un plan de negocios para ser una empresa económicamente rentable, autosostenible?

Traigo el tema a colación pues siento que se ha puesto un énfasis financiero incorrecto en la noticia de por qué el que el INBio (Instituto Nacional de Biodiversidad), está donando al Estado costarricense sus valiosas colecciones de referencia de la diversidad biológica del país y que, además, entidades estatales están adquiriendo algunas de sus propiedades. Parece que se asume la premisa de que su “plan de negocios” fracasó y de ahí se deriva su problema financiero.

Esa visión es incorrecta, ya que su objetivo nunca fue alcanzar logros financieros. El INBio es una asociación sin fines de lucro, con la misión específica de “crear una mayor conciencia del valor del biodiversidad, para lograr su conservación y promover el desarrollo humano”.

Cuando en 1989 el Estado costarricense declinó la recomendación de una comisión científica de crear dicha entidad, la iniciativa fue asumida por una organización de la sociedad civil con apoyo político, más no el económico. Este vacío lo llenó la cooperación económica internacional, que comprendió la importancia nacional e internacional de nuestro proyecto, que hacía realidad lo propuesto por el Convenio sobre la Diversidad Biológica de las Naciones Unidas suscrito en 1992.

Los resultados obtenidos por el INBio han sido reconocidos nacional e internacionalmente. La crisis económica global y el nivel de desarrollo económico del país llevaron a un fin la cooperación económica internacional que entidades como el INBio recibían. La buena noticia es que el Gobierno y el sector científico académico estatal se convierten ahora en aliados, para continuar y ampliar la tarea que el INBio inició.

Esa es, en mi opinión, la noticia relevante.

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